Aquel modelo original de iPod irrumpió en un mercado donde ya existían los reproductores portátiles de música en formato MP3 (como alternativa al Discman, que llevaba más de 15 años en el mercado), pero eran todos de marcas ignotas, más enfocadas en la proeza técnica del dispositivo que en su diseño y usabilidad.
El iPod, en cambio, venía de Apple, una compañía que estaba resurgiendo de sus cenizas con la vuelta de Steve Jobs y el debut de las iMac, en 1998. Con un precio de lanzamiento de 399 dólares y pensado en un principio de forma exclusiva para usuarios de Mac, el primer iPod pesaba 184 gramos y ostentaba un diseño pulido en acero inoxidable y policarbonato blanco. Su gran corazón técnico era un diminuto disco rígido de 1,8 pulgadas, desarrollado por Toshiba, con 5 GB de capacidad, lo que permitía albergar un millar de canciones con calidad de CD (en formato MP3, un estándar creado en 1995 en Alemania para ofrecer audio en un archivo que ocupaba 10 veces menos memoria con una diferencia de calidad sonora casi imperceptible) e incorporaba un sistema de memoria caché para evitar saltos durante la reproducción.
Para resolver el dilema de cómo navegar entre cientos de archivos sin recurrir a un teclado o a una botonera, Phil Schiller concibió la icónica rueda de desplazamiento (scroll wheel), que permitía desplazarse por menús y listas dependiendo solo del dedo pulgar. El hardware se completaba con una pantalla LCD monocromática de 160×128 píxeles con retroiluminación LED blanca, un amplificador de 60 mW para garantizar graves profundos, auriculares earbuds con imanes de neodimio (cableados, claro) y una batería de polímero de litio que ofrecía hasta 10 horas de autonomía continua. Sin embargo, la verdadera ventaja competitiva estuvo en su velocidad: gracias a la conexión FireWire y a la sincronización automática (Auto-Sync) mediante iTunes 2, la transferencia de un álbum completo se completaba en apenas diez segundos.



